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domingo, septiembre 2

Los hinchas "Más que el fútbol".




Mira a los jugadores de mi equipo. ¡Qué nobleza! Fuera y dentro del campo, ejemplos para la especie.






Una victoria de mi equipo sobre el innombrable otro es más que un resultado en un campo de fútbol, más que el once de mi vida marcando más goles que el enemigo. Una victoria de mi equipo sobre el otro es un triunfo para la humanidad: ganan los valores eternos que los colores de mi equipo encarnan, vence la justicia contra la injusticia, el bien contra el mal, la verdad contra la mentira. 



Porque sí. Sí. Solo hay una verdad. Y si alguna vez gana el otro es porque hizo trampas, porque el árbitro fue comprado, porque durante 90 minutos Dios le cedió el terreno a Satanás. De ninguna manera no mereció ganar. Cualquiera que tenga uso de la razón lo sabe.


Vayamos al detalle. Los goles que marca mi equipo nunca son goles en fuera de juego; los fueras de juego que no pitan cuando marca el otro siempre lo son. Habrá algunos cobardes -esos anémicos comentaristas que dicen ser "neutrales" - que dirán que están en desacuerdo conmigo, o que pese a ver la jugada repetida veinte veces en cámara lenta, y desde todos los ángulos, insisten en que es imposible determinar con absoluta seguridad lo que realmente ocurrió. Mienten. Solo las mentes estrechas, o mezquinas o corruptas no entienden que lo que aquí hay en juego no admite ambigüedades. Esta es la guerra. Si no te defines, no hay perdón.







Mira a los jugadores de mi equipo. ¡Qué nobleza! Fuera y dentro del campo, ejemplos para la especie. Algunos serán argentinos, otros alemanes, croatas, franceses, portugueses, brasileños, catalanes, andaluces, asturianos, manchegos, vascos, canarios, ciudadanos de Camerún. A veces serán ingleses o italianos. Serán altos o bajos, rubios o morenos. Da igual. Visten la camiseta de mi equipo y eso les libra de pecado. Los jugadores del otro equipo son teatreros, son tontos, son envidiosos, gente ruin. Son una visión de un mundo peor.

¡Y cómo juegan los míos! Con finura, con toque, con amor por el balón. Los otros son una ofensa al buen gusto. Ese estilo rústico tan suyo, balones para arriba y a ver qué pasa. Sí. La belleza también es un valor, y el otro equipo representa la fealdad. Y el mejor jugador de mi equipo es el mejor del mundo, y punto; el mejor del otro es un cantamañanas, un pobre acomplejado.

Y fíjate en nuestro entrenador. Un tipo de una honradez escalofriante. No se corta, no se arruga. Cuenta las cosas como son. El otro entrenador…bueno, la hipocresía hecha carne. Tan bueno, él; tan gentil…¡qué asco! Es una víbora. Se viste de santo pero alberga odio en el corazón y todo lo que dice es lo opuesto a lo que cree.







Yo juro ser fiel a mi equipo, a mi iglesia -la única, la apostólica, la verdadera- hasta que la muerte me separe

Los jugadores cambian y los entrenadores cambian también. Incluso a veces cambian de mi equipo al otro, y viceversa. No. No hay grises, no hay ninguna contradicción. Si vienen a mi equipo, sean de donde sean, la camiseta les purga de todo mal. Los santos en el cielo celebran su arrepentimiento, su redención, recuperada visión moral. Los que abandonan mi equipo para el otro, en cambio, son unos traidores, son lo peor de lo peor, son Lúcifer caído -por soberbia e idiotez- al infierno.

O estás conmigo o estás en contra mía. O eres de mi bando o eres del otro. La neutralidad, repito, no existe. En un combate tan primordial, en el que la única comparación viable es la del Catolicismo contra el Islam en tiempos de la Cruzadas, no está permitido elegir mi bando hoy y el otro mañana. Algunos periodistas dicen que sí se puede. Basura. Hay dos tipos de periodistas, y nada más. 







Los que están con mi equipo -gente decente, íntegra, perspicaz- y los que están con el otro -comprados, parte de una siniestra conspiración que obedece a intereses políticos o empresariales-. Los peores son los que intentan disimular, los que dicen que solo son partidarios del "buen fútbol". ¡Bah! Ellos son los más corruptos, los que cobran más por sus mentiras.

Yo no sé ni mentir, ni disimular. Yo juro ser fiel a mi equipo, a mi iglesia -la única, la apostólica, la verdadera- hasta que la muerte me separe. Es quien soy. Es mi identidad. Mi alfa y mi omega. Los del otro equipo, y todos aquellos que cuestionan mi fe, a la hoguera.



JOHN CARLIN



  
PNG TUBOS ESCUELA ....



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Mi vieja escuela

Mi Arthémise maestro
Casa Convento
Hermana Superiora



Formábamos fila, estábamos como soldados juveniles defendiendo la idea de la patria, que ya para entonces había arrojado a las tinieblas a los enemigos que ya habían sido vencidos en los campos de batalla. Ese fue, digamos, el núcleo de nuestra educación (adiestramiento), la interrupción del aprendizaje para armarnos de otra manera: la estrategia del que tiene razón, del que la impone, del que tiene lo signos de autoridad metidos en el tuétano de la inteligencia.