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viernes, junio 22

El deporte y la política.




El deporte y la política tienen una relación tan estrecha, tan íntima, como… bueno, como Alemania y Grecia, cuyos seleccionados de fútbol juegan este viernes en Gdansk en cuartos de final de la Euro 2012.




En este preciso momento, las vicisitudes económicas y sociales de la crisis del euro y de la Unión Europea han llevado a muchos griegos a sentirse constreñidos por los alemanes, y algunos altavoces políticos han llegado a comparar esa presión con la ocupación y la prepotencia nazi durante la guerra mundial.




Semejante disparate es habitual en el deporte más popular del mundo, justamente por eso, porque siendo popular se presta a la manipulación.

Lo crucial es distinguir entre dos preposiciones: si el llamado deporte de masas es del público o para el público…

El de hoy no es el primero ni será el último encuentro deportivo que se juega también en el plano político y social. Lo que cambia son las repercusiones.




Algo es indudable: el deporte puede fastidiar tanto como la política. El escritor catalán Manuel Vázquez Montalbán encontró una imagen perfecta: "el deporte de masas es una válvula de escape para malos gases retenidos en el bajo vientre de la sociedad".

En este artículo recorremos algunos ejemplos de eventos deportivos y las razones de su desborde en la cuenca política.




Nazismo y fascismo

Hitler y Mussolini supieron del valor del deporte para impulsar el orgullo nacional e identificarlo con sus gobiernos.

El dictador italiano se fortaleció con el prestigio que le proporcionaron los dos títulos mundiales (1934 y 1938) ganados por el seleccionado nacional de fútbol, mientras que el alemán convirtió los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 en recordatorio y símbolo de la vitalidad de su régimen y su credo.


En el mundial de 1934, realizado en Italia, Mussolini se encargó de seleccionar personalmente a los árbitros y asistió a todos los partidos jugados por el equipo nacional, en el Stadio Mussolini. Cada victoria era suya.

En Berlín también se coronó el fútbol de Mussolini, en final ante Austria (país natal de Hitler) mientras que Alemania, cuyos jugadores llevaban la cruz esvástica en el escudo de la camiseta, cayó en cuartos de final ante Noruega, país ocupado luego por las tropas alemanas.

"Ganar un partido internacional", decía Goebbels, el ministro de Propagand
a, "es más importante para la gente que capturar una ciudad".
El atleta estadounidense negro Jesse Owens sofocó el trueno del racismo nazi al quedarse con cuatro oros: 100 y 200 metros, salto en largo y 4x100m.
Esto tuvo un llamativo contrapunto en el boxeo: el alemán Max Schmeling, que en 1936 derrotó en Nueva York al estadounidense Joe Louis, fue ensalzado copiosamente por el régimen nazi (y el Ku Klux Klan), pero la adoración se convirtió en desprecio al año siguiente, cuando Louis, ya campeón mundial, noqueó a Schmeling en el primer round.
Fue, se ha dicho, el nocaut más significativo de la historia del deporte.
Posteriormente, los regímenes militares brasileño y argentino aprovecharon políticamente los éxitos de los respectivos seleccionados de fútbol en torneos internacionales. El caso más notorio fue el Mundial de 1978 en Argentina.
 




La política del deporte




Más interesante aún que la enumeración y hasta las razones, es la alineación de las fuerzas que politizan el deporte, o mejor dicho, que reconocen la naturaleza política del deporte.
El escritor catalán Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003) explicó en un prólogo de 1972 al libro "Política y deporte", de Luis Dávila, que "la derecha se muestra propicia al desarrollo deportivo por una serie de motivaciones: raciales (mejora la raza), integradoras (crea en el ciudadano espíritu de participación en el "éxito" como categoría), evasivas (canaliza la agresividad social por el vehículo activo de la práctica o por el vehículo pasivo de la contemplación interesada del espectáculo deportivo)".
Y agregaba: "la izquierda critica el deporte por todo lo que lo elogia la derecha; en definitiva, por su conversión en instrumento del poder represor o integrador para la integración y paralización de las masas".
Muchos intelectuales de izquierda han renunciado a (o por lo menos atenuado) esa actitud crítica en las últimas décadas, persuadidos por gente como Vázquez Montalbán y el uruguayo Eduardo Galeano, autor de El fútbol a sol y sombra (1995), ambos apasionados seguidores del fútbol.
Vázquez Montalbán atribuía esta reconciliación de los intelectuales con el deporte al "debilitamiento de la sublimación formal del fascismo", en una típica estocada suya al poder franquista, en una época en que "el deporte es (era) la única participación épica legalizada de nuestro pueblo".

BBC Mundo